Terapia regresiva: Los traumas

Los traumas son daños asociados a una fuerte carga emocional que se forjan fundamentalmente en el claustro materno, en el nacimiento y en los primeros años de vida, hasta los 10-12 años (periodo fundamental en el que se desarrolla el cerebro y se define la personalidad del ser humano).

A partir de aquí, muchos conflictos que consideramos presentes suelen ser en realidad actualizaciones o proyecciones de estos traumas previos, auténticos lastres que se han convertido en la base de cómo nos sentimos, pensamos y actuamos en todo momento: una situación actual puede activar las heridas del pasado, aumentando su carga energética emocional, y provocando que reaccionemos por inercia conforme a lo que nuestra alma y nuestro inconsciente revive con dolor, en lugar de hacerlo conforme a lo que está sucediendo en realidad e impidiendo que veamos las situaciones tal como son.
Así, los traumas bloqueados en los planos más profundos de nuestra mente estarán reprimidos y latentes hasta que algo del exterior análogo y semejante a lo que los desencadenó los activen como un resorte, causándonos nuevos sufrimientos.

Son incontables las experiencias que nos han podido marcar: rechazos, negligencias, engaños, traiciones, muertes, accidentes… Las consecuencias que estas heridas del inconsciente provocan son realmente amplias: delimitan nuestros temores y miedos más profundos; las filias y fobias; las creencias; las actitudes; las pautas de comportamiento negativas, y la tendencia que tenemos a repetirlas una y otra vez (incluso aun cuando nos demos cuenta de que no son las adecuadas); las emociones, sensaciones y pensamientos que nos generan malestar y nos impiden vivir en el presente; las culpabilidades; los bloqueos; los mandatos que nos hacemos; la incapacidad para llevar algo a cabo; las conductas defensivas o agresivas; la aversión o la atracción que sentimos por determinadas personas y también por ciertos lugares; la búsqueda o la evitación incesante de ciertas situaciones; la elección de vida; las propensiones y patrones más marcados; las sensaciones físicas (dolores, somatizaciones…); pudiendo, en definitiva, llegarnos a causar trastornos psicoemocionales de envergadura.

Por tanto, el presente es la repetición del pasado no resuelto: los impactos emocionales que nos han enfermado siguen estando en nuestra mente, actúan en el presente, influenciándonos en función de su intensidad, no de su espacio temporal. Y si estas experiencias se repiten, quedarán aun más reforzadas, grabándose profundamente en la memoria del alma, para la que el tiempo no existe, condicionándonos y determinándonos como una sombra.

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