Terapia Regresiva: Los traumas

Los traumas son daños asociados a una fuerte carga emocional que pueden originarse en cualquier etapa de la vida. Sin embargo, en general, las experiencias traumáticas que tienen lugar durante nuestros primeros años pueden dejar un impacto especialmente profundo, al producirse en un periodo fundamental en el que se desarrolla el cerebro, se configura la personalidad y se establecen los primeros patrones emocionales y de relación. Por este motivo, los traumas de la primera infancia suelen tener una especial relevancia en el trabajo terapéutico, ya que pueden constituir la base de patrones que posteriormente se mantienen y se manifiestan en diferentes ámbitos de la vida. También pueden tener su origen en el claustro materno y en el nacimiento, así como, por supuesto, en experiencias posteriores de la infancia, la adolescencia o la edad adulta.

Los traumas que permanecen bloqueados en los planos más profundos de nuestra mente pueden mantenerse reprimidos y latentes hasta que una situación actual, análoga o semejante a aquello que los desencadenó, los reactiva como un resorte, aumentando su carga energética emocional, despertando la huella asociada y provocando un nuevo sufrimiento.

Muchos de los conflictos que consideramos presentes pueden ser, en realidad, actualizaciones o proyecciones de experiencias traumáticas previas, que pueden convertirse en la base de cómo nos sentimos, pensamos y actuamos. Cuando esa huella se activa, podemos reaccionar por inercia, de acuerdo con aquello que nuestro inconsciente revive con dolor, en lugar de hacerlo conforme a lo que está sucediendo en realidad. De este modo, podemos llegar a interpretar y vivir el presente desde una experiencia pasada, sin percibir las situaciones tal como son.

El tipo de evento traumático no determina por sí mismo la importancia del daño que puede producir. Son incontables las experiencias que nos han podido marcar: negligencias, rechazos, engaños, muertes, accidentes… Y las consecuencias pueden ser muy diversas: delimitan nuestros temores y miedos más profundos; las filias y fobias; las creencias; las actitudes; las pautas de comportamiento negativas y la tendencia que tenemos a repetirlas una y otra vez, incluso cuando nos damos cuenta de que no son las adecuadas; las emociones y los pensamientos que nos generan malestar; las culpabilidades; los bloqueos; la incapacidad para llevar algo a cabo; las conductas defensivas o agresivas; la aversión o la atracción que sentimos por determinadas personas y también por ciertos lugares; la búsqueda o la evitación incesante de determinadas situaciones; la elección de vida; las propensiones y patrones más marcados; las sensaciones físicas (dolores, somatizaciones…); pudiendo, en definitiva, llegar a causarnos trastornos psicoemocionales de envergadura.

Cuando estos impactos emocionales no han sido procesados, pueden conservar una intensidad que no guarda necesariamente relación con el tiempo transcurrido desde que ocurrieron. Además, cuando sucesos de características similares se repiten, el patrón puede reforzarse y consolidarse, haciendo que determinadas formas de sentir, pensar o reaccionar se vuelvan cada vez más automáticas y difíciles de modificar.

Desde esta perspectiva, la impresión del trauma no se mide por la distancia temporal que nos separa del acontecimiento, sino por la intensidad con la que permanece inscrita en nosotros. Y, en este sentido, para el alma el tiempo no existe: aquello que quedó sin resolver puede seguir presente, condicionándonos y determinándonos como una sombra, hasta que somos capaces de reconocerlo, comprenderlo y liberarlo.